#CSSEE Capítulo X : Olor a coco

Capítulo X – Olor a Coco

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Era el año 2006 y el éxito del momento en la radio era Hips Don’t Lie de Shakira. La canción sonaba en todas partes, y básicamente, la amabas o la odiabas. El país sufría políticamente, pero la escena del rock independiente se estaba fortaleciendo cada vez más y eso era lo único que realmente me importaba. Cada vez salían de la cochera más bandas que creían en su música y que luchaban por la oportunidad de mostrársela al mundo. Aeroplano era una de esas bandas. Habíamos sido seleccionados para ser la banda invitada del Boss Fest; un concurso de bandas de rock al que asistían personas de toda la ciudad para apoyar a su banda favorita. El día del Bossfest se acercaba y nosotros dedicábamos la mayor parte de nuestro tiempo a ensayar. Mi vida se había convertido en ir a la universidad por la mañana, chatear con Magnolia en la tarde, ensayar por las noches y regresar a chatear con ella hasta que llegara la madrugada.

Magnolia me había preguntado por las llaves de su casa y quedamos en vernos “un día de estos” para entregárselas; pero pasaron semanas para que “uno de estos días” llegara. Tenía muchas ganas de verla pronto, pero su novio era la razón principal por la que trataba de dejar más tiempo, pues no quería que hallaran mi cuerpo en el fondo de algún río por tomar algo que no era mío. Además no yo seguía sin tener coche y llegar a su casa en transporte público me iba a tomar más tiempo que el que pasaríamos juntos. Pero moría por verla, así que invitarla al Bossfest no parecía tan mala idea. Tal vez ella se enamoraría de mí si me veía rockeando como Julian Casablancas de The Strokes, de quien ella estaba perdidamente enamorada. Yo sabía que Magnolia no sentía ni una décima parte de lo que yo estaba empezando a sentir por ella, pero eso no me desmotivaba en lo absoluto. En ese entonces, yo no pensaba en pedirle ser mi novia, era demasiado pronto y mi integridad psicológica iba a quedar en duda si se me ocurría declararle mi amor con solo un día de conocernos. Afortunadamente, lo único que me interesaba era conocerla a fondo para ver si era igual de bella por dentro que por fuera. Estaba enamorado de un paisaje, pero no tenía conocimiento de los frutos que daban los árboles que lo pintaban de colores. Me gustaba todo lo que ya sabía de ella, pero sabía que había mucho más por descubrir y no me iba a quedar con las ganas. Cuando le pedía a Magnolia que fuera conmigo al Bossfest, ella me dijo que no iba a poder, pues tenía un compromiso el mismo día y la misma hora. Creí que ella había rechazado mi invitación porque no se la había pasado bien en el Tonayan Fest; después de todo ¿quién no se la pasaría bien en un evento patrocinado por un alcohol barato? Mi espíritu se desplomó como un guerrero derrotado cuando Magnolia rechazó mi invitación. Pero mi tristeza no duró mucho pues ella me dijo que podíamos vernos antes de que oscureciera. Su propuesta hizo que el guerrero se volviera a levantar y digiriera su victoria con cerveza. ¡Estaba de regreso en el juego! Al parecer, a Magnolia sí le había gustado salir conmigo; si no, no hubiera ofrecido esa alternativa para vernos. Magnolia y yo íbamos a tener poco tiempo debido a que la tenía que regresar a su casa antes de las 6:30 de la tarde, entonces quedé de recogerla en cuanto saliera de la escuela. Durante toda la semana planeamos lo que íbamos a comer y lo que íbamos a hacer el día que nos viéramos. Le dije que yo podía cocinarle lo que ella quisiera y me pidió que le cocinara lasaña y le preparara una malteada de fresa con Fruit Roll Up’s. Cuando leí su petición me felicité por ofrecerme una vez más a hacer cosas que, muy probablemente, no iban terminar bien. Nunca en mi vida había preparado una lasaña y no tenía membrecía del Costco para comprar los Fruit Roll Up’s que no vendían en ningún otro lugar. Pero no me podía rendir. Iba a encontrar la manera de sorprenderla aunque terminara intoxicándola accidentalmente o quemando la cocina.

El día de mi cita con Magnolia había llegado. No fui a la universidad esa mañana porque tuve que ir a ensayar todo el día. Escuela vs rock; una batalla que la escuela jamás podrá ganar. Había quedado de recoger a la chica de cabello negro y labios rojos en su escuela y pensé que sabía llegar, pero entrando a Polanco, me di cuenta que no tenía la más mínima idea de dónde estaba el colegio de Magnolia. Había pasado por ahí varias veces, pero, ese día, parecía que la escuela había desaparecido. Pasé alrededor de una hora intentando encontrar el lugar y me preocupaba que Magnolia estuviera sola esperándome, pero cuando llegué, la vi platicando con un tipo que iba vestido con una playera azul, jeans y tenis de patineto. Ella tenía en la mano una flor de esas que venden con popote de color en el tallo para que se la regales a tu persona especial. Iba una hora tarde y aun así tuve el descaro de sacar medio cuerpo por la ventana del auto para hacerme notar y para gritarle que ya había llegado; tal vez así, Magnolia se reiría y perdonaría mi impuntualidad. Cuando me vieron pasar, me siguieron con la mirada y con la misma expresión en el rostro con la que se ve un desfile de carros alegóricos pornográficos de muy mal gusto. Pero cuando Magnolia se dio cuenta que el loco que gritaba era yo, sonrió. Después escuche un trueno y el cielo se oscureció mientras Magnolia y el tipo de la playera azul se despedían con un beso muy inocente y tomados de las manos. El novio de Magnolia ahora tenía rostro y seguro iba a formar parte de mis peores pesadillas. Afortunadamente no tuve que interactuar con él, pues en cuanto me estacioné, el ya estaba caminando en otra dirección. Me bajé del coche, y derrochando estilo, salude a Magnolia mientras le abría la puerta como todo un caballero; ya había perdido puntos por mi impuntualidad y no estaba dispuesto a perder más. Ya en el auto, lo primero que hice para romper el hielo fue contarle la historia de cuando me suspendieron de la secundaria por un crimen que no había cometido y mi madre consideró inscribirme al mismo colegio en el que ella iba. Con interés, ella me preguntó por el desenlace de la historia y le conté que nunca me inscribieron porque,  dos semanas después de mi suspensión, se descartó mi participación en el asalto a la cafetería del colegio y pude volver a clases. Pensé que con esa historia Magnolia quedaría impresionada y me vería como el chico malo de sus sueños, pero en cuanto terminé de contarla ella cambió el tema y como niña hiperactiva de prescolar  me preguntó por la lasaña prometida. Viéndola fijamente a los ojos, hice la voz más seria que pude y le pedí que se pusiera el cinturón de seguridad porque había una lasaña esperándonos en el horno de mi casa y no teníamos tiempo que perder. Ella siguió mis órdenes y se puso el cinturón mientras su escuela se hacía cada vez más pequeña en el retrovisor del auto.

Llegamos a mi departamento y le dije que se podía instalar donde ella quisiera mientras yo le servía la comida que le había preparado. Tuve que confesarle que, por falta de tiempo, tuve que comprar una lasaña de microondas, mientras la metía al mismo. Magnolia no se veía sorprendida. Saqué el helado de fresa del congelador y lo puse en la licuadora junto con un litro de leche y los Fruit Roll Ups. Después de 15 minutos, saqué la lasaña del microondas y me di cuenta que parecía sopa de tortilla con engrudo. Olía muy bien, pero se veía mal. Y por si fuera poco, la malteada no se veía nada apetecible. Terminamos retándonos a comer más lasaña y no recuerdo quién ganó pero si recuerdo que nos divertimos. Después de comer, fuimos a mi cuarto y nos pusimos a platicar. Verla hablar era como sumergirme en sus palabras y en cada una de sus respiraciones. De pronto, los dos nos quedamos callados y lo único que se me ocurrió para romper el silencio, fue decirle que olía a coco. Ella sonrió y me dijo “Soy yo” mientras inclinaba su cabeza y se recogía el cabello para descubrir su cuello. No supe qué hacer. No sabía si esa era una invitación para desatar mis impulsos de vampiro y lanzármele al cuello o si debía conformarme con sólo olerla de cerca por primera vez. Opté por la segunda. Conforme me iba acercando a su cuello, sólo podía pensar en que, pasara lo que pasara, tenía que detenerme a tiempo y no tocarla con los labios; pensaría que soy un aprovechado. Cada vez aumentaba la temperatura entre mi nariz y su cuello. Mi mirada estaba enganchada en su clavícula izquierda y era como si mi boca muriera por instalarse en ella; como si ese fuera su lugar. De pronto, sentí su oreja con la punta de mi nariz y tuve frenar igual que Vin Diesel en todas esas películas de coches. Sentí que ya había estado ahí antes. El cuello de Magnolia olía a una tarde de verano en la playa. Inhalé lentamente ese recuerdo de agosto esperando perderme en su característico olor. Cerré los ojos y fue como viajar en el tiempo. Volví a ver imágenes de ella y yo pasar por mi cabeza mientras Elvis Presley cantaba Love Me Tender. En una de esas imágenes, ella y yo salíamos discutiendo en una habitación con una cama flotante y pisos de madera. Abrí los ojos y todo volvió a la normalidad. Era la segunda vez que tenía estas visiones y cada vez me intrigaba más. Era como ver el futuro. Y aunque esta vez el futuro no prometía un panorama agradable, el misterio de todo lo opacaba. Necesitaba ver más.

La tarde terminó y era hora de regresar a Magnolia a su casa. Todo el camino ella se la pasó haciendo bromas y gritando por la ventana. Era obvio que se estaba divirtiendo y que las risas que me causaba eran combustible de sus ocurrencias. Llegando a la casa amarilla con reja blanca, no quise preguntarle cuándo volveríamos a salir; no quise verme muy intenso.  Así que nos despedimos con un beso en el cachete y le regresé sus llaves. En el camino de regreso, no podía dejar de pensar en lo bien que la habíamos pasado y lo divertido que era estar con ella. Ahora sólo tenía que llegar al Bossfest a tiempo para tocar con Aeroplano y cerrar con broche de oro uno de los mejores días de mi vida.

Estaba sentado en el camerino afinando mi guitarra y tomando bebidas energéticas como si fueran agua cuando, de pronto, sentí vibrar mi celular; era un mensaje de Magnolia. Mientras abría el mensaje, podía escuchar a las presentadoras decir que Aeroplano estaba a punto de salir al escenario. Me colgué la guitarra y caminé mientras intentaba leer el mensaje que decía: Dan, me la pasé muy bien hoy. Sé que vas a tocar increíble. El mensaje me hizo sentir una descarga de energía que, combinada con las bebidas energéticas, hicieron una reacción química que estalló dentro de mí. Una vez en el escenario, los gritos de las personas que nos habían ido a ver se mezclaron para  convertirse en una especie de latido que cada vez se hacía más fuerte. Todo se movía en cámara lenta y tenía un filtro de escala de grises que hacía todo más dramático. Veía a Paul acomodándose en la batería y a Chesky subiéndole el volumen a su bajo mientras que el latido aumentaba su velocidad. De pronto, el latido paró y  un silencio de 5 segundos reinó en el lugar. Me acerqué al micrófono, levanté la mano derecha y apuntando hacia el cielo grité “¡Buenas noches! ¿Están listos para volar?”. Esa noche, con cada nota disparada, y deseando que Magnolia estuviera presente, dejé el corazón en el escenario.

Esa noche me di cuenta que no sabía con exactitud cuándo volvería a verla. No tenía un juego de llaves ajeno que me sirviera de excusa para invitarla a salir una vez más. Pero nada de eso importaba. Estaba decidido a verla de nuevo para descifrar todos los misterios que la envolvían. Magnolia estaba en problemas.

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