#CSSEE Capítulo VII : Trece intentos

Capítulo VII – Trece Intentos

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Mientras me amarraba las agujetas de mis nuevos Converse rojos, podía escuchar a mi hermano cantar en la regadera de nuestro departamento. Era el día de la graduación y ya íbamos tarde. La entrega de diplomas fue en la mañana. Mi papá parecía estar más preocupado que nosotros y nos apuraba como si fuera el fin del mundo y tuviéramos sólo tres minutos para salir corriendo. Llegando a la graduación, mi hermano y yo nos pusimos nuestras togas y corrimos a la recepción. Al parecer, habíamos logrado llegar a tiempo y todo estaba en orden.  La ceremonia  fue un poco aburrida, no pasó nada fuera de lo normal o que llamara mi atención. Fue bonita pero nada del otro mundo; sólo 20 adolescentes ansiosos por ser liberados de un martirio que duró 12 años.  La fiesta sí fue divertida. Mi hermano, una amiga y yo tocamos unas canciones y la mayoría de los adultos no dejaban de hacerme comentarios sobre mis Converse rojos que combinaban a la perfección con mi traje negro. La comida fue buena y no pudo faltar la proyección del video con nuestras fotos de bebés acompañadas de  una canción que hablaba de nunca olvidar los buenos momentos.  Jessica y yo bailamos en repetidas ocasiones, aunque pulir la pista no era una de mis virtudes en esos tiempos. Varias horas después, todos fuimos a seguir celebrando a uno de los antros más populares de Puerto Vallarta. El lugar era enorme. Era la primera vez que entraba y estaba seguro que iba a ser la última, ya que visitar ese tipo de lugares no era algo que me quitara el sueño en ese entonces.  Mi hermano desapareció entre la multitud y no lo volví a ver hasta el día siguiente. El ruido era insoportable, la música no me agradaba en lo más mínimo y entre tantas personas no se podía hacer otra cosa más que estar parado con un vaso en la mano y rogarle a Dios que no te dieran ganas de ir al baño pues estaba hasta el otro lado del lugar y jamás ibas a lograr llegar seco. Después de una hora de tortura, supe que ya no podía soportar estar ahí ni un segundo más y le pregunté a Jessica si quería irse a un infierno menos insoportable. Abandonamos el antro como si estuvieran a punto de demolerlo con todos nosotros adentro y ahora sólo éramos ella, yo y la luna. Había sido una larga noche y los dos estábamos exhaustos así que nos fue difícil decidir a qué lugar íbamos a ir y terminamos durmiendo en nuestra banquita. Dos horas después, desperté y le pedí que se metiera a su casa a descansar. Cuando llegué a la mía, me acosté en mi cama y me quedé dormido con mis Converse puestos.

El día después de la graduación llevé a Jessica a desayunar a un restaurante sobre el puerto. Pedimos mesa afuera y veíamos cómo los yates se iban y llegaban mientras desayunábamos. Durante el desayuno le conté a Jessica que, si bien era inevitable que me fuera a estudiar a otra ciudad en algún punto de nuestra historia, buscaría un trabajo y me quedaría en Vallarta por un tiempo ya que mi idea siempre había sido tomarme un año libre antes de entrar a la universidad. A Jessica le encantó la idea y me sonrió. Toda esta situación era una bomba de tiempo y ninguno de los dos nos dábamos cuenta que sólo estábamos retrasando la inevitable detonación. En algún momento tendríamos que decir adiós pues, aunque yo me quedara para siempre en Vallarta, terminando su último año de prepa ella se iría a estudiar a otro lugar; y, la Ciudad de México no era precisamente el lugar en el que los papás de Jessica querían que ella estudiara. Así que pasara lo que pasara, separarnos era nuestro destino.

Mi amigo Sebastián me consiguió trabajo en el hotel donde su papá era gerente; dulce nepotismo. No, en realidad no fue nepotismo porque tuve que pasar por el proceso de entrevista y no me dieron un puesto millonario en una oficina con aire acondicionado. Pero al menos ya tenía trabajo, y en ese momento lo valoraba demasiado ya que apenas había empezado a vivir solo. Trabajé en el hotel por un mes ya no soportaba los zapatos ni el uniforme que tenía que usar todos los días. Además, fue entonces que me di cuenta que uno debe amar su trabajo para ser feliz; yo odiaba el mío. Un día me desperté a las 2:00 de la tarde y en vez de ponerme el uniforme, lo metí en una bolsa. Caminé al hotel  como lo hacía todas las tardes, el calor era insoportable pero al menos ese día llevaba Converse, bermudas y una playera. Ese día renuncié. Empecé a buscar trabajo de nuevo y encontré otro que no amaba, pero mínimo me podía vestir como yo quisiera y tenía los fines de semana libres.  Cuando salía de trabajar iba a casa de Jessica y como ella estaba de vacaciones, no tenía que hacer tarea y podíamos ir al cine o ver películas en su casa. Esas tardes me gustaban. Los fines de semana íbamos con amigos a la playa en Punta Mita o a veces los papás de Jessica nos invitaban a comer a un restaurante de mariscos buenísimo que siempre me dejaba a punto de dar el botonazo. Poco sabríamos que esos eran los últimos días que pasaríamos juntos.

Un día, después de ir a trabajar, llegué a casa de Jess y ella me recibió con una noticia que no me sorprendió mucho. Me dijo que ella y su mamá se iban a ir de vacaciones a Alemania por 3 semanas. Digo que no me sorprendió porque todos los veranos hacían lo mismo. Tres días después las dos tomaron el avión. Fui a despedir a Jessica al aeropuerto y regresando a mi departamento, puse la película más cursi que encontré. Un mes atrás, mi banda se había desintegrado después de uno de los shows más desafinados que he tocado en mi vida. Los monitores no servían, entonces yo no podía escuchar nada de lo que tocaba o cantaba. El bajista estaba más que borracho, el vocalista ya no era feliz cantando para nosotros y el baterista tenía otra banda y acababan de grabar un disco. Después de separarnos seguimos siendo amigos, entonces cuando Jessica se fue con su mamá a Alemania me quedé solo y para no extrañarla tanto me dediqué a salir con ellos. Un día fuimos a la playa a festejar el cumpleaños de un amigo que tocaba en otra banda. Teníamos como 3 hieleras llenas de cervezas, eran baratas y ninguno de nosotros éramos los reyes de Inglaterra. Necesitaba distraerme, así que ese día tomé de más, pero misteriosamente aún podía caminar y hablar coherentemente. Sentía los síntomas del alcohol jugando con mi cerebro pero no estaba tan borracho como debería después de tantos litros de cerveza. En la madrugada tomé un taxi para volver a mi departamento y justo ahí me entró la peor borrachera de mi vida. Llegando a casa subí las escaleras como pude, me tardé tres minutos en abrir la puerta y cuando al fin estaba sano y salvo en mi territorio me tiré en el sofá y prendí mi computadora. Era verano y el clima era un infierno eterno, así que prendí el aire acondicionado; pero el calor era tan insoportable que decidí no esperar a que la temperatura bajara y me quité toda la ropa. En ese tiempo yo ya vivía solo y pasearme desnudo por todo el departamento era un placer que apenas empezaba a descubrir. Ya estando completamente desnudo supe que, si no cenaba algo, mi nivel de cruda al día siguiente iba a ser la peor pesadilla de mi vida. Me paré del sofá en el que estaba sentado y caminé a la cocina intentando no tambalearme mucho. Prendí la estufa y lo que pasó después es algo completamente desconocido para mí.  Lo único que recuerdo es despertar en el sofá y rodeado de humo. No alcanzaba a ver mucho y no me acordaba que había cocinado quesadillas, entonces lo primero que me vino a la cabeza fue la idea de que, por alguna razón desconocida, mi casa se estaba incendiando. Me paré del sofá en un ataque de pánico y cuando me di cuenta que estaba desnudo, todo perdió sentido. Por mi cabeza pasaron mil teorías que intentaban explicar lo que había pasado. Llegué a pensar que alguien se había metido a mi departamento para robarme los riñones mientras dormía y que después le había prendió fuego a mi casa para no dejar evidencia. Busqué el origen del humo y fue cuando caí en cuenta que me había quedado dormido con la estufa prendida. Mis quesadillas eran carbón y yo seguía desnudo. Afortunadamente el incendió no pasó a mayores y, después de ese episodio de drama y pánico aprendí  a no tomar en esas cantidades aunque el corazón me lo pida.

Esos días fueron difíciles y si Elmer (mi perro) no hubiera estado ahí, seguro que hubiera sido más difícil.  No tenía a nadie y a la vez tenía un trabajo que no me hacía feliz. Mi vida se había convertido en una broma muy mala. Todos los días iba a trabajar y regresaba a mi departamento para pasear a Elmer y ver películas. Era muy difícil coincidir con Jessica en internet debido a la diferencia de horarios entre Alemania y México, pero cuando hablábamos el alivio era tremendo. Intentaba no extrañarla pero no podía engañarme, la necesitaba conmigo. Le compuse una canción que se llama 13 Intentos  y que describía lo que sentía y la manera en que extrañaba a Jessica. Esa canción, hasta la fecha, me hace recordar esas  semanas grises cada vez que la toco.

Mis padres estaban preocupados por mí. Ellos querían que dejara Puerto Vallarta y me inscribiera a la universidad para tener una carrera, pero veían que yo no tenía el interés de hacerlo. Así fue como un día llegó mi madre de sorpresa a mi departamento. El motivo de su visita a Vallarta era para llevarme con ella a la Ciudad de México a estudiar una carrera, y aunque no me pareció la idea, ella tenía razón. Cuando mi mamá me dijo que tenía sólo dos días para empacar mis cosas no supe que hacer;  estaba en shock. Después de discutir, entendí que no tenía opciones y que decirle adiós a Puerto Vallarta era cuestión de tiempo. Lo más difícil de todo iba a ser darle la noticia a Jessica. Las despedidas más dolorosas son las que llegan antes de tiempo y sin advertencia. Jessica se había ido a Alemania con la idea de que yo iba a estar ahí para cuando ella regresara y todo volvería a la normalidad, pero ahora eso había cambiado, cuando ella regresara no iba a encontrarme esperándola en el aeropuerto. Me desvelé para darle la mala noticia a Jessica y su sufrimiento saturó el módem de mi computadora.  Convencerla de que mi partida era lo mejor no fue nada fácil, era como luchar contra todo un ejército de sentimientos. Estuvimos platicando por horas y ella me pidió que intentáramos seguir siendo novios sin importar la distancia y accedí sin dudarlo. Al día siguiente vendí el amplificador de mi guitarra, mi Nintendo 64 y más cosas que no podía llevar conmigo en el avión. Después de vender mis cosas, le escribí una carta a Jess y le compré sus dulces favoritos. La carta decía que la iba a extrañar mucho y que iba a hacer lo posible para venir a visitarla lo antes posible. Cuando terminé de escribir, caminé a su casa y su papá me invitó a pasar. Le conté todo a Ivan y le pedí que me dejara subir al cuarto de Jessica para dejarle los dulces y la carta. Estuve en su cuarto alrededor de 20 minutos, viendo todo lo que le había regalado en esos 2 años y medio. Sabía que no volvería a entrar a ese cuarto en mucho tiempo. Cuando logré salir del cuarto, bajé a la sala y me despedí de Ivan. Él sabía que su hija iba a sufrir mucho con la separación y también notó la tristeza en mi estado de ánimo, así que se acercó a mí y me dijo que estaba agradecido conmigo por haber cuidado a Jessica durante todo ese tiempo y que no habría podido pedir un mejor novio para Jessica. Me dijo muchas otras cosas que me hicieron sentir un poco mejor y al final me dio un abrazo. Regresando a casa, guardé todas las cartas y fotos de Jessica. Lo último que quité de las paredes de mi departamento fue un calendario que ella me había hecho con fechas importantes para nosotros. El departamento quedó vacío, mis maletas estaban empacadas y mi última noche en Vallarta la pasé en la playa pensando y hablando con la luna. Al día siguiente mi mamá y yo tomamos el primer vuelo con destino a mi nueva vida.

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