#CSSEE Capítulo VI : Espalda de Acero

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Capítulo VI : Espalda de Acero

Jessica se había besado con alguien más y yo estaba en una etapa difícil. La tuve que ver todo el día en la escuela. Cada vez que cambiábamos de clase me la encontraba en los pasillos y me venía a la mente de ella besando a un extraño que, afortunadamente, no tenía rostro en mis oscuros pensamientos. Todos los alumnos y profesores sabían que Jess y yo éramos novios y les gustaba bromear con nosotros en los pasillos. Esta vez esas personas eran como minas de guerra y yo tenía que analizar el campo de batalla para asegurarme de no activar ninguna de ellas y hacerla explotar con comentarios o bromas incómodas. Obviamente hicimos detonar algunas minas durante el día, pero la más incómoda fue cuando mi hermano nos preguntó con tono de broma “¿Qué les pasa? ¿Se pusieron el cuerno?” y empezó a reír. Mi hermano siempre ha sido muy burlón y hace preguntas o comentarios extremadamente exagerados que siempre me han hecho reír; es parte de su personalidad. Pero esta vez su pregunta exagerada era muy acertada. Antes de contestar, miré a Jessica con ojos de decepción y dije “Pregúntale a ella” y me fui a mi siguiente clase.

Jessica sabía que había hecho mal y decidió enmendar su error. Cuando la semana de escuela llegó a su fin, Jess me pidió que fuera a su casa el sábado por la noche porque quería darme algo. Pensé que me regresaría algunas de las cosas que le regalé o cosas mías que había dejado en su casa. Me pareció que iba a ser algo difícil pero tenía que hacerlo. Esperé hasta que llegó el sábado por la noche y salí por la misma puerta por la que salí 2 años atrás para pedirle a Jess ser mi novia; ahora iba con un motivo más gris. Tomé un taxi manejado por un conductor pasado de peso que me veía cada 20 segundos por el retrovisor. Me empecé a incomodar demasiado. Una persona normal hubiera mirado hacia otro lado para evitar el contacto óptico con el taxista (que parecía sacado de una película de Tim Burton), pero yo me quedé mirando el retrovisor esperando su mirada con el objetivo de ganarle la batalla de miradas. Esta guerra parecía no tener final y yo no iba a aceptar una derrota, hasta que Si La Ves de Franco de Vita con Sin Bandera empezó a sonar en la estación de radio más popular entre los taxistas de Puerto Vallarta. Nunca había escuchado esa canción, pero la letra se robaba mi atención con cada verso. Me pareció muy acorde a lo que yo estaba viviendo y sintiendo en esos momentos. Perdí la batalla de miradas pero ya no era importante; la canción me había hipnotizado. Estoy seguro que, si hubiera existido Twitter, yo habría tuiteado algún verso de la canción al instante, pero Twitter llegó a mi vida muchos años después. Llegando a casa de Jessica, me bajé del taxi y, antes de poder tocar el timbre, ella ya me estaba abriendo la puerta con un vestido negro y entallado. Yo no tenía idea de lo que pasaba y no podía quitarle los ojos de encima a Jessica. Sin decir nada, me llevó a su patio de atrás. El lugar estaba lleno de velas de diferentes tamaños que flotaban en la alberca. Y, en el centro del patio, había una mesa para dos con más velas y pétalos de rosas. En cuanto me senté Jessica fue a la cocina y regresó con mi comida alemana favorita. La mamá de Jessica cocinaba delicioso y me presentaba nuevos platillos alemanes cada semana. En poco tiempo ya tenía mis favoritos. Jessica le había pedido a su mamá que cocinara y ella iba a ser mi mesera en lo que sería el regalo de segundo aniversario que nunca me dio. La cena fue deliciosa, el lugar estaba increíble y Jessica se veía muy guapa. Después de platicar varias horas bajo la luna, decidí que tal vez no era mala idea darle una segunda oportunidad.  Ella no dejaba de repetirme lo arrepentida que estaba y que nunca iba a hacerlo de nuevo. Yo tenía 17 años y nunca me habían puesto el cuerno antes, entonces hice lo que cualquier adolescente en mi situación haría, besé a Jessica como si nunca la hubiera besado antes e intenté olvidar.

Durante los siguientes meses pasó de todo. Yo estaba haciendo un buen trabajo en olvidar y  ella estaba haciendo un muy buen papel de novia amorosa. Cada vez dolía menos y todo volvía a ser lo que fue antes. Jess y yo hacíamos de todo y pasábamos mucho tiempo juntos.  Nos gustaba ir a la playa y comer en El Brujo; el restaurante favorito de Jessica. Cuando íbamos al cine casi no veíamos la película, parecíamos novios de 3 semanas que buscan sentir la adrenalina de derramar pasión durante la película. En una visita al cine vimos La Chica de Al Lado y recuerdo que la tuve que volver a ver con mis amigos porque parecía que nunca la había visto antes. En una de esas idas al cine, al terminar la película, Jess y yo nos subimos al Ford Escort color blanco de mi madre que nos había prestado. En cuanto estaba a punto de encender el motor, Jess se me aventó encima para seguir besándome, pero nos fuimos con todo y asiento hacía atrás. Al principio, rogué por que el asiento no estuviera roto. Jessica se reía, pero yo estaba muy alterado; juraba que mi mamá me iba a matar si veía el coche en esas condiciones. No pude arreglar el asiento, el tiempo seguía corriendo y le había prometido a los papás de Jess regresarla a casa no muy tarde. Considerando que tenía el tiempo en contra, no me quedó más opción que manejar a casa de Jessica con el respaldo del asiento caído. Manejar de esa manera es, hasta la fecha, una de las torturas más dolorosas. Jess se dio cuenta de mi condena y se las ingenió para levantar el respaldo y sostenerlo contra mi espalda para que yo pudiera descansar un poco. Utilizó todas sus fuerzas y gracias a ella pude descansar la espalda un poco, aunque intenté no recargarme mucho para no hacerla hacer esfuerzos de más. Cuando llegamos a casa de Jessica, ella soltó el respaldo y yo me agarré del volante para no ser víctima de la gravedad e irme de espaldas. Pero el asiento no fue a ningún lado, se mantuvo recto. La fuerza de Jessica contra el empuje de mi espalda había hecho que los engranes de la maquinaria del respaldo regresaran a su lugar. En ese momento me enamoré de ella una vez más y por fin la pude perdonar.

Un sábado por la mañana mi mamá entró con 3 páginas de la Sección Amarilla y, mientras agitaba los papeles, me decía emocionada ‘’Mi DanDan’’ Sí, tengo la mejor mamá del mundo. ‘’Encontré a una prima/amiga lejana que tengo en Tepic y eso está a sólo 2 horas de aquí’’. Yo ya me empezaba a imaginar que mi mamá me había ido a buscar para llevarme con ella a Tepic y, la verdad, me pareció una buena idea. Mi mamá me dijo que si Jessica pedía permiso y la dejaban ir, podría venir con nosotros. Y así fue, Jessica se unió al viaje y para las 3:00 p.m. ya estábamos los tres en el coche con rumbo a Tepic. Para hacer la carretera más amena, mi mamá empezó a contarnos sobre su prima lejana. Nos contó que tenía una hija de mi edad muy guapa a la que le decían La Güera. Ese día me di cuenta de lo celosa que era Jessica porque, en cuanto hicimos la primera parada y mi mamá se bajó del coche, se me quedó viendo con cara de odio y me juró que si se daba cuenta que le coqueteaba a La Güera me iba a dejar de hablar por el resto del viaje.  Ni siquiera conocíamos a la tal güera y ya me estaba haciendo sentir como pecador en época de la Santa Inquisición.  Llegando a Tepic, lo único que me pasaba por la cabeza era que, si La Güera era toda una modelo, yo iba a estar en problemas. Cuando nos bajamos del coche y tocamos el timbre, nos abrió una muchacha de pelo castaño y con unos kilitos de más. De pronto, una voz que venía de adentro de la casa preguntó ‘’¿Quién es, Güera?’’ y la persona que nos había abierto contestó ‘’Es mi tía Martha, mamá’’. Cuando nos dimos cuenta de que ella era La Güera, mi alma descansó y Jess sintió un alivio enorme. La Güera resultó ser muy agradable y nos terminamos llevando muy bien con ella y sus amigos que conocimos en una fiesta a la que nos llevó.

Semanas después, Jess me demostró que podía ser un poquito más celosa aún. Mi hermano, mi mamá, Jess y yo fuimos a Guadalajara a conocer al bebé que una de mis primas acababa de tener. Mi hermano y yo nos llevábamos muy bien con todos los primos, entonces el viaje prometía mucha diversión. Durante el día la pasamos muy bien en centros comerciales, conociendo al nuevo integrante de la familia, comiendo helado y caminando por las calles de la ciudad. Por la noche, los adultos nos dejaron solos  en casa de mis primos ya que ninguno de nosotros era mayor de edad y ellos tenían planes para ir al casino. Mi hermano, dos primos, Jessica y yo nos pusimos a hacer llamadas telefónicas de broma. De alguna manera nos las ingeniamos para conseguir el teléfono particular de Pedrito Sola (sí, el de Ventaneando) y le marcamos. Eran alrededor de las 10:00 de la noche y Pedrito no contestó, pero nos encargamos de dejarle un mensajito no muy amigable en su contestadora.  Cuando se nos acabó el interés de molestar celebridades por teléfono pusimos una película y todos nos quedamos dormidos.  Como habíamos pasado casi todo el día con mi prima, esa noche soñé con ella y su bebé.  Jessica se despertó en la madrugada y escucho que yo balbuceaba mientras seguía profundamente dormido, entonces se imaginó que estaba soñando con alguna otra chica y decidió preguntarme “¿Cómo me llamo?” En mi sueño, mi prima era la que me estaba preguntando su nombre, entonces le contesté “María Fernanda”. Ardió el infierno y un terremoto sacudió mi sueño mientras Jessica me despertaba a base de jalones y exigiendo una explicación de quién era esa tal María Fernanda. Como les dije, Jessica era de piel blanca, pero en ese momento tenía el mismo bronceado que satán en el rostro; al parecer también le pidió los ojos prestados porque cuando desperté juro que tenía al demonio enfrente. Jess estaba súper enojada y quería una explicación. En cuanto me di cuenta de que ya no estaba soñando y que no se trataba del diablo, sino de Jessica, le contesté “María Fernanda es mi prima, estaba soñando con ella porque pasamos todo el día juntos, ¿Ya se te olvidó?” y me volví a dormir.

Con el tiempo, Jessica y yo hicimos nuevos amigos con los que salíamos todos los viernes y sábados. Los conocimos gracias a que mi generación del colegio organizó una guerra de bandas con el fin de juntar dinero para nuestra fiesta de graduación. En esa guerra de bandas tocaron varios grupos de rock de todo Puerto Vallarta. No importaba que no fueran alumnos del colegio; cualquier banda podía participar. Hubo bandas de todos los generos, pero sólo una de ellas llamó mi atención. Tocaban muy parecido a grupos como Finch, The Starting Line, My Chemical Romance, Senses Fail, Matchbook Romance y Taking Back Sunday. En esos tiempos esas bandas eran las más populares en las estaciones de radio alternativas de Estados Unidos. Yo toqué como invitado ya que no podía ganar el concurso que había ayudado a organizar. Toqué una versión acústica de Your Own Disaster de Taking Back Sunday. Muchas personas se sabían la canción y empezaron a corearla. Cuando terminé de tocar y me bajé del escenario, la banda que me había gustado me estaba esperando para pedirme que, si no estaba tocando en ninguna banda, fuera su guitarrista. Sin dudarlo acepté y después del primer ensayo yo ya me sentía parte de la banda. Jess me acompañaba a la mayoría de los ensayos, le encantaba la música que tocábamos y disfrutaba mucho verme tocar la guitarra con tanta energía. La banda se llamaba Falco y con ellos toqué infinidad de veces en un gran número de eventos. Le abrimos a varias bandas mexicanas que sonaban todo el día en la radio y la televisión.  Llegamos a ser la banda más reconocida de Vallarta y Jess nunca se perdió un show. Después de los ensayos, todos íbamos a tomar cerveza a la playa, donde nos reuníamos con amigos de otras bandas. Estaba feliz, tenía novia, tocaba en una banda increíble y tenía nuevos amigos. Puerto Vallarta ya no era el peor lugar del mundo.

En una de esas noches en la playa, Jessica ya no pudo más y me confesó que había algo que le preocupaba mucho y la ponía extremadamente triste. Mientras los ojos se le llenaban de lágrimas, me dijo que sabía que después de mi graduación tendríamos que terminar porque en Puerto Vallarta no había buenas universidades y a ella le faltaban todavía dos años para terminar la escuela. Nuestra separación era inevitable. Le pedí que no pensara en esas cosas, ya que aún faltaba tiempo para eso, y que mejor disfrutáramos el momento; ya tendríamos tiempo para sufrir después. Jessica intentó por mucho tiempo no ponerse triste pero toda esa situación era algo que no podía soportar. Ella puso mucho de su parte y no volvimos a hablar del tema  hasta que llegó el día de mi graduación.

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