#CSSEE Capítulo IV : Disculpa, ¿estamos coqueteando?

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Capítulo IV : Disculpa, ¿estamos coqueteando?

Pasaba noviembre y Jessica y yo cada vez platicábamos más por MSN. Todas las tardes después de la escuela, llegaba a casa, me encerraba en mi cuarto, me conectaba y comenzaba a componer y grabar canciones. Recuerdo estar grabando una canción muy oscura que terminó llamándose “Déjame Solo” cuando de pronto ella se conectó y me saludó muy efusiva. Intenté seguir grabando mientras chateábamos, pero después de 10 minutos me fue imposible ya que ella decidió que era hora de jugar. Me dijo que acababa de inventar un juego divertidísimo en el cual tenía que decirle algo así como “Eres una casa sin techo” y ella contestaba “Eres un árbol sin hojas”; el juego era un poco tonto y ridículo más no aburrido. Jugamos por 2 horas y el coqueteo era innegable, ella lo sabía y yo lo sospechaba. Jessica me tomó por sorpresa y me dijo que yo le gustaba mucho y que quería ser mi “girl”; eso sonaba súper pocho pero se le perdonaba porque era mitad alemana y mitad gringa, y aunque llevaba viviendo toda su vida en México y hablaba perfecto español  estaba muy acostumbrada a mezclarlo con el inglés. Pasaron dos semanas y el coqueteo crecía cada vez más, hasta que llegó un punto en el que ya no cabía en la computadora y decidimos llevarlo al mundo real. Había pasado un mes de coqueteo juvenil hasta que llegó diciembre, y una noche Jessica me pidió que fuera a su casa ya que sus papás estaban en un evento de gala en algún hotel de prestigio. Me parecía que todo estaba avanzando muy rápido, sobretodo porque sólo la había visto una vez en toda mi vida, pero ¿quién era yo para ponerle un alto? Me puse unos jeans y mi playera favorita solo para volvérmela a quitar ya que olvidé ponerme desodorante. Después de blindar mis axilas con el desodorante más poderoso que encontré, me volví a poner mi playera roja y le hice doble nudo a mis Converse negros para no sufrir ningún tropiezo amoroso.  Abrí la puerta de mi cuarto y mi madre, sorprendida, me preguntó si tenía planeado salir, le dije que sí y se sorprendió todavía más. Desde que habíamos llegado a Puerto Vallarta mi vida era la escuela y el intento de estudio de grabación casero que construí en mi cuarto; no me interesaba conocer a nadie ni salir de fiesta al malecón como todos mis compañeros.  Entonces, el que saliera de mi habitación era todo un suceso que creaba una sonrisa discreta en el rostro de mi madre. Me metí al baño para lavarme los dientes, cuando cerré la puerta mi mamá me preguntó “Vas a salir con una amiga?” y antes de que pudiera contestar, me disparó otra pregunta “¿Te estás lavando los dientes?” me quedé viendo al espejo con mirada de confusión, y como no quería entrar en detalles me limité a contestar “sí, ¿por?”; no obtuve respuesta, pero claramente escuché una voz que desde la sala decía “Se está lavando los dientes, entonces ya se besan”.

Cuando el reloj marcaba las 8:00 de la noche yo ya estaba en el asiento trasero de un taxi con destino a la colonia Marina Vallarta. En el camino, mi cabeza estaba en blanco y el taxista me intentaba hacer plática. Cuando llegué a casa de Jessica me bajé del taxi y toqué el timbre, pero mi dedo se resbaló y tuve que tocar de nuevo; mis manos sudorosas estaban de regreso después de tanto tiempo. Jessica no tardó en abrir la puerta, me recibió emocionada y con un beso en el cachete. Su casa tenía una especie de pórtico con una barda baja dónde nos sentamos a platicar. Mientras ella me contaba dónde estaban sus padres, yo me fijaba en todos los colores que habitaban en sus ojos para formar ese tono de verde que los caracterizaba. Era una mezcla de verde con gris, café y un suave destello amarillo. Ella se dio cuenta que yo no dejaba de ver sus ojos y empezó a cortar sus palabras, sus enunciados se fueron convirtiendo en ideas incompletas y su ritmo cardiaco empezó a acelerarse. Jessica se veía muy guapa y yo estaba a sólo 5 centímetros de sus labios. Cuando se le terminaron las palabras, mi cerebro supo lo que tenía que hacer, me ordenó que la besara y así fue. El beso duró alrededor de 2 minutos y en el silencio noté que ella hacía un tipo de ruido mientras me besaba, no le di mucha importancia y seguí besándola. Mientras la besaba, mi cerebro estaba de fiesta y podía escucharlo felicitarme como si me hubiera ganado la lotería. Cuando dejamos de besarnos los dos reímos y nos quedamos callados. El momento estaba a punto de convertirse en uno muy incómodo pero, para evitarlo, lancé mis labios como proyectiles hacía su cuello y después de unos minutos ella hizo lo mismo. Jessica notó que su ataque me causaba cosquillas y me presento un nuevo juego que, afortunadamente, no era de palabras. El juego consistía en ver quién de los dos aguantaba más tiempo con los labios del otro pegados al cuello. Ella tenía ventaja, pues yo me sentía como esos peces que se pegan con la boca a las paredes de las peceras y ahí se quedan por varios días. Jugamos por 10 minutos y ya era muy tarde. Los papás de Jessica iban a llegar en cualquier momento y yo no quería conocerlos aún, así que me preparé para despedirme. Me puse de pié frente a ella y le di un beso en el cachete, después le dije que ya era hora de irme y ella solo sonrió. Le di otro beso en la mejilla y comencé a caminar con dirección a mi casa cuando, de pronto, mi cerebro inmovilizó mis piernas y me obligó a dar la media vuelta. Yo ya no tenía control absoluto sobre mi cuerpo, mi cerebro quería que en ese momento le pidiera a Jessica ser mi novia. Esta era la segunda vez que veía a Jessica en persona y eso me impedía llegarle en ese momento, pero mi cabecita siempre quiere que se haga lo que ella ordena, entonces me le acerqué y sin pensarlo mucho le dije “Jessica, ¿quieres ser mi girl?” En cuanto le hice la pregunta me di cuenta de lo estúpido que había sonado. Hasta la fecha no entiendo en qué momento decidí que era buena idea pedirle con esas palabras que fuera mi novia. Estaba seguro que me iba a decir que no, así que bajé la mirada esperando una respuesta que me hiciera regresar derrotado a casa, pero ella contestó “Sí. Sí quiero”. Cuando escuché sus palabras, no lo podía creer. Su respuesta fue tan rápida y directa que comencé a sospechar que tal vez se le habían cruzado el alemán, el inglés y el español. No podía quedarme con la duda, entonces preferí  asegurarme de que estábamos hablando de lo mismo y le pregunté  “¿en serio quieres ser mi girl?, o sea, mi novia” y ella sonrío y contestó “Sí quiero ser tu novia”.  Mi cabeza explotó en celebración pero intenté actuar cool para no delatarme, entonces la volví a besar y le dije “ya me tengo que ir ahora sí” y la encaminé a su puerta. Antes de que se metiera a su casa, Jess se me quedó viendo con una sonrisa que hacía que mi corazón intentara salirse de mi pecho para bailar. Cuando ella cerró la puerta, comencé a caminar hacia la avenida principal para buscar un taxi que me llevara a casa. Caminé media cuadra y un taxi se paró junto a mí. El pasajero era Sebastián. Le pregunté qué hacía ahí y me dijo que venía a buscar a Jessica. No le di mucha importancia, le pregunté si podía irme en su taxi a mi casa mientras el platicaba con ella y me dijo que sí. Me subí al taxi y me fui victorioso a casa. Cuando al fin estaba en casa, me conecté a MSN y Jessica estaba ahí también. Le pregunté si estaba con Sebastián y me dijo que no. Me contó que Sebastián había ido a buscarla y que le había pedido que regresaran a ser novios pero ella le había dicho que no. Así es, en ese momento me enteré que Jessica y Sebastián habían sido novios varios meses atrás. Ahora no entendía tanta insistencia de su parte para que yo la conociera, pero eso no tenía importancia alguna; Jessica y yo ya éramos novios.

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