#CSSEE Capítulo III : Un nuevo comienzo

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Capítulo III : Un Nuevo Comienzo

Extrañaba a mis amigos y a Alejandra. Extrañaba mi vida. Cuando mi familia y yo nos mudamos a Puerto Vallarta, yo estaba viviendo una etapa difícil. Empezar de cero en una ciudad nueva significaba hacer nuevos amigos y adaptarme al clima; los primeros días me sentí como pollo rostizado en sauna. Las primeras semanas puede que haya tenido un momento de lucidez, al punto de intentar acoplarme al lugar con una buena actitud. El problema empezó cuando puse pié en mi nueva escuela y automáticamente ya la odiaba.

La escuela era no horrible, los salones no estaban espantosos, la gente no era horrible y el sistema no era una basura, pero yo estaba tan enamorado de mi escuela en el D.F. que cualquier otra me iba a parecer una cárcel. En realidad la escuela era muy bonita y estaba a sólo cinco minutos de la playa.  Por alguna razón la escuela no le revalidó varias materias a mi hermano y tuvo que repetir primero de prepa. Al ser una escuela pequeña sólo había un grupo por cada grado, eso se traducía a que ahora iba a ser compañero de clase de mi hermano.

La escuela hacía un concurso de talento cada año que se llamaba The Talent Show. Casi toda la escuela participaba en él y ahora yo necesitaba tocar una canción ahí. En mi salón conocí a un canadiense que presumía de tocar la guitarra como los dioses y comía quesadillas de pierna todos los recreos.  Poco a poco nos hicimos amigos y un sábado me invitó a su casa a ensayar.  Cuando llegué a su casa, Dustin me presumió su guitarra Gibson Les Paul que estaba impecable. Después de presumirme la guitarra y de repetirme más de mil veces cuánto la amaba, saqué mi bajo, lo conecté al amplificador y toqué el primer acorde del ensayo. Hicimos ruido por unos minutos y empecé a tocar Adam’s Song de Blink 182, al reconocerla, Dustin se emocionó y sugirió que tocáramos esa canción en el Talent Show. Le dije que sin batería no iba a sonar bien y me contestó que él tocaba la guitarra en un grupo de covers en el Hard Rock los viernes por la noche y que el baterista podía sacar la canción con solo escucharla una vez. Me aseguró que Jero (el baterista) tocaría la canción con nosotros y entonces decidimos empezar a ensayarla. Nos salió bien 183 veces,  la ensayamos 185 veces y fui al baño 186 veces; teníamos dominada la canción. Dustin sabía tocar la guitarra muy bien y quería presumirlo enfrente de toda la escuela ya que él era nuevo ahí también.  Propuso que al final de Adam’s Song tocáramos Mr. Crowley de Ozzy Osbourne, pero, como era muy larga, sólo tocaríamos la parte del solo de guitarra. Volvimos a ensayar los siguientes dos sábados y ya estábamos listos para  tocar el próximo jueves.

El día del Talent Show, al entrar por la puerta principal del colegio, un alumno que iba un grado arriba de nosotros nos vio entrar con nuestros instrumentos y se le hizo chistoso hacernos burla con gritos como “Ya llegó Metallica” “Aguas con los rockeros” y más del estilo. Dustin no dijo nada, tal vez porque hablaba muy poco español y no entendía la burla; yo sabía lo que estaba a punto de suceder en el escenario, por eso no le di importancia. En el sorteo nos tocó ser los últimos en pasar y eso nos dio tiempo para que Jero llegara. El evento empezó. Después de una bailarina, un pianista, una cantante, Yesterday de The Beatles cantada por mi hermano y como 3 grupos de baile más, me di cuenta que íbamos a ser los primeros alumnos en la historia del colegio en participar como banda de rock. Era nuestro turno para tocar y Jero apenas estaba llegando.

Anunciaron nuestro turno para pasar y cuando subimos al escenario toda la escuela estaba atenta y esperando en silencio. Conecté mi bajo mientras Jero acomodaba los platillos de la batería y Dustin conectaba los pedales de su guitarra. Toqué la segunda cuerda de mi bajo para verificar que estuviera bien conectado, Dustin ya estaba listo y Jero esperaba indicaciones. Me acerqué al micrófono, pensé en decir algo pero mejor decidí empezar sin decir nada. Le hice una señal a Dustin para que empezara  a tocar y después de las dos primeras notas el público empezó a aplaudir emocionado. La gente cantaba, el jurado estaba impactado y por primera vez en mucho tiempo estaba lejos de casa pero feliz.  Al terminar Adam’s song, la escuela entera se paró a aplaudir pensando que eso era todo, pero en cuanto empezamos con Mr. Crowley no podían creer lo bien que sonábamos y la emoción creció. Cuando terminamos de tocar los aplausos no paraban y los jueces hacían anotaciones en sus hojas de calificación. Nos bajamos del escenario sin creer la excelente reacción del público y a los 10 minutos tuvimos que volver al escenario para la premiación. Una cosa era emocionar al público y otra ganarte el voto del jurado que estaba conformado por el comité de maestros, entonces la posibilidad de quedar en los tres primeros lugares no era segura pero con los eternos aplausos yo ya había quedado satisfecho. Subió el jurado al escenario y felicitó a todos los participantes para después anunciar a los ganadores. Dustin y yo ganamos el primer lugar. Cuando nos entregaron nuestro diploma, busqué entre el público al alumno que nos hizo burla con sus chistes de “Cuidado, ya llegaron los de Metallica”, le sonreí y solo le quedó tragarse sus palabras.

Días después del Talent Show, a la hora del recreo, un alumno como 3 años más chico que yo se me acercó y emocionado me preguntó “¿Te gusta Blink-182?” “Sí. Son mi banda favorita” le contesté, y mientras seguía su camino, sólo dijo “cool”. Él me había visto tocar en el Talent Show con mi playera negra marca Atticus y las estampas de Blink-182 pegadas en mi guitarra y amplificador, y como Blink también era su banda favorita, le emocionaba encontrar un nuevo amigo en potencia.  Meses después nos convertimos en grandes amigos. Se llamaba Sebastián y su papá era el gerente de uno de los hoteles más importantes de Puerto Vallarta, así que pasábamos muchos fines de semana utilizando las instalaciones del hotel y componiendo música para nuestra nueva banda a la que bautizamos como School Bus.

Conforme pasaba el tiempo, Ale y yo nos distanciábamos más. Las pláticas eran más cortas cada día y había ocasiones en las que ni siquiera nos saludábamos. Me empezaba a dar cuenta que Alejandra cada vez se conectaba menos.  Ella ya estaba en edad de salir a antros y fiestas que terminaban a las 11:30 de la noche pero nos hacían sentir que nos desvelábamos como los grandes. Después de muchos viernes esperando a una Alejandra que jamás iba a conectarse, escuché una voz interna que me exigía recoger esa guitarra vieja y escribirle una canción de despedid a Alejandra. Mi subconsciente sabía que me estaba aferrando a algo que era imposible por el momento. Agarré mi guitarra, ejecuté el software que utilizaba en ese entonces para grabar y dejé correr la pista. Comencé a tocar acordes los mismos acordes de siempre, pero esta vez estaban llenos de melancolía y el tempo había disminuido. Canté lo primero que me vino a la mente y 15 minutos después ya tenía el resultado final. La canción hablaba de cómo Alejandra ya había crecido y yo seguía siendo el mismo inmaduro enamorado que pasaba todos los recreos con ella. Esa fue la última canción que le compuse a Alejandra, sabía que ella ya no era la misma persona de la estaba enamorado. Ese día dejé de estar enamorado.

Los siguientes meses comencé a componer miles de canciones; escribía todos los días y a todas horas. Mis canciones ya no hablaban de amor, ahora tenía canciones que describían la escuela como una cárcel y otras que estaban llenas de ganas de olvidar un amor perdido. Todas las tardes, regresando de la escuela, me encerraba en mi cuarto y grababa demos de canciones que escribía en cinco minutos; esa fue mi rutina el primer año que viví en Puerto Vallarta.

Una tarde, mientras grababa un demo en mi computadora, Sebastián me dijo por MSN que tenía una amiga que, según él,  se moría por conocerme. Yo no tenía idea de por qué alguien tenía tantos deseos de conocerme pero muy dentro de mí empezaba a nacer un raro sentimiento que me emocionaba. Sebastián quedó de presentarme a esta chica en la kermese que organizaba la escuela. Y pasemos a aquel 31 de octubre de 2003, por ahí de las 7:30 pm;  la escuela estaba de fiesta por motivos de halloween y yo no traía disfraz.

Estuve un rato en la fiesta esperándola pero ella no llegaba. Me puse a platicar con Sebastián y otros de mis amigos hasta que se me olvidó el motivo por el cual había ido a la fiesta en un principio. De pronto una voz ronca que provenía de mis espaldas me preguntó “¿te puedo shockear?” Al voltear vi a una chica con gorra, bigote falso, pants de hombre y playera negra; era ella. Estaba disfrazada de hombre y traía una pistola de toques paralizadora, mejor conocida en el mundo de las armas como Stun Gun. Después de darle trece razones por las cuales no la iba a dejar darme toques o “shocks” con su juguetito nuevo, nos pusimos a platicar egocéntricamente para conocernos mejor. Se llamaba Jessica y, gracias a Dios, el bigote de su disfraz era falso. Me pareció una chica muy linda y extremadamente sociable, pero estaba seguro que también era víctima de hiperactividad severa. Me contó que vivía a unas cuadras de mi escuela y que estudiaba en un colegio que estaba cerca de mi casa. Tenía carisma, cabello color caramelo parecido al que le ponen a los helados de McDonald’s, piel blanca, ojos verdes, labios rojos; un hermano menor, un papá judío, una mamá alemana y un departamento en la playa. La fiesta se terminaba y la gente comenzaba a irse. Después de una divertida noche, me fui a casa con un buen presentimiento.

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