#CSSEE Capítulo II : To foto en el rincón

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Parte I:

Por lo general los lunes son una tortura para todos. Significan regresar a la parte aburrida de tu vida después de haber sido el rey del mundo desde el viernes por la tarde hasta el domingo en la noche.  Pero a mí me encantaban. Para mí significaban 4 días más de clases  para poder verla desde las 7:45 de la mañana hasta las 2:00 de la tarde. Y seguro te estás muriendo por peguntarme algo así como ¿Por qué solo 4 días? ¿No sabes que la semana escolar tiene 5 días? Y la respuesta es simple. Por alguna extraña razón siempre se le hacía tarde los miércoles y llegaba a las 7:56. Tal vez su despertador fallaba siempre el mismo día y a la misma hora; pero como eso es un poco imposible, lo más seguro es que los martes se desvelaba toda la noche pensando en mí; o eso era lo que me gustaba pensar.

Me gustaba llegar temprano a la escuela y mirar fijamente hacia la entrada del colegio, esperando  verla llegar a lo lejos. En esa época el ejército me pudo haber reclutado como su mejor francotirador gracias a la vista perfecta que desarrollé, pues la entrada del colegio quedaba a una distancia bastante pronunciada de mi salón.

Mientras esperaba a que llegara, no había nada ni nadie que pudiera distraerme. Era como una especie de gárgola en lo alto del edificio de secundaria y prepa. Mis amigos me contaban lo que habían hecho el fin de semana y por supuesto que tenían mis oídos, pero mis ojos y atención estaban clavados en la reja color roja que presumía con orgullo el escudo dorado del colegio. No importaba nada más que verla poner pie en la escuela. En épocas de frío terminaba con los mocos congelados pero con la mirada firme.

Cada día, al verla llegar, la seguía con la mirada mientras cruzaba toda la cancha de futbol que separaba la entrada del colegio con el edificio donde yo me encontraba. Con cada paso que ella daba, mi corazón palpitaba más y más fuerte. Conforme se acercaba, mi frente comenzaba a sudar frío. Cuando empezaba a subir las escaleras, yo hacía repeticiones de 10 respiraciones profundas para tranquilizarme. Y justo cuando llegaba al segundo piso, yo tomaba una pose interesante para dar la imagen de que no la había estado siguiendo con la mirada como depravado y  que su presencia me tomaba totalmente por sorpresa. La saludaba con una gran sonrisa y cuando ella me sonreía de regreso, podía comenzar el día con la certidumbre de que iba a ser el mejor de mi vida.

Ella tenía el cabello castaño, del mismo color que los rayos del sol cuando reflejan el atardecer dorado sobre el agua en casi todas las películas cursis. Ese dorado casi café abundaba en su cabello. Sus ojos eran dos enemigos hermosos pues, cuando me perdía en ellos, me costaba mucho trabajo poner atención a lo que ella me decía. Y me refiero a ellos como enemigos porque si una mujer te pregunta algo referente a lo que te está platicado y tú no sabes qué contestar, será mejor que tomes posición fetal pues te acabas de meter en serios problemas. Cada día olía mejor que el anterior y me enamoraba más con cada olor. Media del piso a mi hombro; era tan pequeña como para caber en mi corazón y no dejarla salir en un buen rato. Siempre le he tenido miedo a la muerte, sin embargo, dejaba que me matara de risa, pues sabía que me podía revivir con esa sonrisa que me derretía el corazón.  Estaba enamorado de Alejandra.

Ese año nos mudamos de Contadero a Interlomas y lo mejor de todo era que uno de mis mejores amigos, Alan Torres, iba a ser mi vecino. La casa de Alan estaba a sólo unos pasos de la mía y por eso me la vivía ahí casi todos los días. Me llevaba muy bien con sus papás y con su hermana Karla que siempre ha sido dos años más chica que Alan y yo.  Un viernes me quedé a dormir en casa de Alan después de una fiesta que estuvo pésima. Al día siguiente la mamá de Alan nos llamó para desayunar, olía delicioso. Bajamos corriendo, nos sentamos como muertos de hambre y cuando alcé la mirada, me di cuenta que Alejandra estaba ahí. Karla era su mejor amiga y la había invitado a una pijamada. Todos seguíamos en pijama y Ale se veía  guapísima en una playera de tirantes blanca.  Nunca habíamos hablado antes, así que ella estaba un poco apenada y no decía nada. Tenía algo que me llamaba la atención pues no podía dejar de verla. Ya la había visto antes en la escuela pero jamás me había dado cuenta de lo perfecta que era su sonrisa. Ese fue el momento. Me enamoré en el desayuno.

Para cuando el fin de semana terminó, Alejandra y yo ya nos llevábamos como sí nos conociéramos desde el kínder.  Su mamá pasó a recogerla el domingo como a las 6:00 de la tarde y Alan y yo nos quedamos platicando. Cometí el peor error de mi vida y le pregunté a Alan si Ale le había caído bien.  Y fue entonces que la tragedia sucedió. A Alan no solo le había caído bien, sino que también le había gustado. Ahora estaba metido en un triángulo amoroso acompañado por el amor de mi vida y mi mejor amigo. Si tan solo yo hubiera confesado mi amor por Alejandra antes esto no estaría sucediendo. Ahora tenía que guardar mis sentimientos y esperar a que Alan se enamorara de alguien más. Esperé alrededor de 2 semanas hasta que Alan se enamoró de otra Alejandra que iba en el salón de Alejandra. Dos Alejandras en un solo salón. Alejandra. Alejandra.

La razón por la que elegí los martes como mi día favorito de la semana no solo se debe a los deliciosos 2×1 que ofrecen las pizzerías, si no que, también  se debía a que ese día a la 1:30 de la tarde yo tomaba una clase en la que me ponían a dibujar: Taller de Arte. La clase era una mezcla de garabatos, pinceles, crayolas, esfuminos, botes con agua color negro acuarela, 2 de mis amigos, un profesor cubano idéntico a Fidel Castro que se reía más fuerte que Ozzy Osbourne al principio de Crazy Train, otros 15 alumnos y Alejandra.  Esa clase era mi favorita porque era la única clase que tomaba con ella. Alejandra se sentaba entre dos de sus amigas hasta el frente del salón y yo me sentaba hasta atrás entre Jonás y Luis; sí, el mismo del capítulo 1. Y así nació mi misión de cada martes en taller: Hacerla reír. Para lograr mi cometido, Intentaba llamar la atención de Alejandra, indirectamente, haciéndole bromas al profesor.   Afortunadamente mis intentos siempre la hacían reír,  desafortunadamente yo casi siempre terminaba en la dirección recibiendo un reporte rosa. Y que comience el conteo de reportes porque Alejandra me costó varios.

El primer reporte que recibí fue el primer día de Taller. El Prof. Nicolás nos había pedido hacer un dibujo de lo que quisiéramos. Abrí mi carpeta de dibujos y empecé a dibujar la portada del disco Conspiracy of One de The Offspring. La canción que más se escuchaba en MTV en ese tiempo era Original Prankster, y me encantaba, por eso hace sentido que mi primer dibujo haya sido ese. Cuando terminé, le llevé el resultado final a Nicolás. Él tomó el dibujo, lo observó detenidamente, lo miraba como a un bicho asqueroso; odiaba mi dibujo. Lo sabía, esa cara era de repulsión. Nicolás le mostró el dibujo a la clase mientras gritaba con su cubanísimo acento: ‘’Al próximo que me traiga una polquería así, lo saco de mi clase’’. Toda la clase estaba paralizada. Yo no entendía qué pasaba; mi dibujo no era una obra de arte pero no estaba tan mal. Todos tenían miedo hasta de respirar. Un silencio con olor a terror invadió el salón 202 por 1 minuto entero. Hasta la fecha sigue siendo el minuto más  l  a  r  g  o  de mi vida.  Nicolás volteó a verme y entonces fue que vi al mismo Fidel Castro entre fuego reflejado en sus pupilas. Mis amigos no me creen pero es verdad, vi a Fidel.  Yo seguía sin entender lo que pasaba. Nicolas me veía con esa cara de loco y yo estaba a punto de salir corriendo. Entonces pasó lo inesperado. Nicolás soltó una carcajada más fuerte que el sonido de un tanque de guerra disparando proyectiles. No podía parar de reír mientras nos decía ‘’Bienvenidos al Taller de Arte’’. Todo había sido una broma, entonces todos se empezaron a reír. No sé por qué, pero en ese momento decidí que era buena idea imitar la risa de Nicolás para llamar la atención de Alejandra. Empecé a reírme al mismo tono que él y la clase empezó a reírse más. Yo volteaba a ver a Ale y fue cuando me enamoré de su risa. Ella no podía parar de reír y yo ya no podía parar mi imitación, hasta que Nicolás se dio cuenta y me gritó: ‘’Si te causa tanta risa vete por un reporte a la oficina’’. Y así fue como me gané mi primer reporte del año. Valió la pena.

Alejandra también era mi vecina. Su casa no estaba tan cerca de la mía pero vivía prácticamente en la misma calle. Los sábados que no iba a ensayar con mi grupo de rock sacaba mi bajo y conectaba el amplificador a un enchufe que estaba en la cochera. Me quedaba ahí viendo los coches pasar, con la esperanza de ver a Ale pasar. En ese tiempo XrackenX era el nombre de la banda en la que tocaba.  Siempre fuimos los mismos integrantes pero cambiamos de nombre más veces que Lucerito cambia de vestido en cada Teletón. Luis y Alan tocaban la guitarra y siempre peleaban por sonar más fuerte que el otro. Paul tocaba la batería y yo tocaba el bajo. Ensayábamos todos los sábados en casa de Paul desde temprano. Quedábamos de ensayar a las 11:00 de la mañana así que Alan y yo nos íbamos juntos, unos días nos llevaba su mamá y otros la mía. Cuando llegábamos a casa de Paul siempre teníamos que despertarlo. Hasta la fecha sigue siendo igual. Paul había encontrado la manera de grabar nuestros ensayos con equipo de audio viejo de su papá, así que grabamos varios ensayos solo por diversión. La mayoría de esas grabaciones se perdieron con el tiempo, afortunadamente nuestras mamás jamás llegaron a escucharlas. Si las hubieran escuchado nos hubieran engrapado las bocas a chingadazos. No pasó mucho tiempo hasta que decidimos que grabaríamos un demo. Teníamos 2 canciones nuestras y  2 covers ensayados a la perfección. La grabación duró todo un sábado y, para celebrar, el grupo cambió de nombre a Vaiden y organizamos una tocada. El lunes paul se las había ingeniado para hacer 50 copias del demo. Repartimos el demo por toda la escuela y para la hora del recreo todos los que tenían Diskman lo estaban escuchando. Las canciones en ese demo no eran precisamente obras dignas de un Grammy, pero a nuestros amigos les gustaban y se las aprendieron. Cuando le di una copia del demo a Alejandra también la invité a la tocada del sábado. Quedó de llegar a la 1:00 de la tarde. La tocada iba acompañada de una fiesta de alberca, así que todos traíamos nuestras mejores chanclas y flotadores. Alejandra llegó y nos pusimos a platicar un rato mientras comíamos papitas y tomábamos Fanta. Era muy divertido platicar con ella. Me hacía reír y su voz era tan tierna que no quería que parara de hablar jamás. Paul se subió al escenario improvisado que pusimos en el jardín de su casa y anunció que en 5 minutos empezaríamos a tocar. Dejé a Ale y caminé hacia el escenario donde me esperaba mi bajo rojo marca Xpectra; cómo me dio problemas ese bajo. Cuando estábamos todos listos para empezar a tocar sentí algo que nunca había sentido antes. No sabía qué era esa sensación pero toqué mejor que nunca. Nuestros amigos cantaban nuestras canciones y armaban el slam al ritmo de Vaiden que ahora se llamaba No. One. Ese fue el momento en el que sentí que la música me estaba regalando algo que nadie más me podía regalar. Ahí me di cuenta que lo que quería hacer era que cada vez más gente se pusiera a cantar y saltar con cada una de las notas que yo tocara. La tocada terminó en todo un éxito y Ale no paraba de decirme lo bien que nos había salido el cover de All The Small Things de Blink 182. Por primera vez en la vida me estaban saliendo las cosas bien. Esta vez no había ridículos y sí me atrevía a hablar en persona con el amor de mi vida. Cuando pasaron a recoger a Alejandra, la acompañé a la puerta y me preparé para conocer a su mamá. Estaba muy nerviosopor conocer a la mamá del amor de mi vida. Si mis planes de conquistar a Ale funcionaban, la señora que estaba esperándola afuera sería mi suegra; tenía que ganármela. Tomé aire, me sequé el sudor de las manos 13 veces y me convencí de que era un campeón. Pero al abrir la puerta me tropecé con el escalón y toda mi humanidad cayó sobre la camioneta Ford negra de su madre.  Volvieron los ridículos.

Parte II:

Ese año escolar fui muy feliz y mis padres también lo fueron, pues no hubo día que yo faltara a la escuela. Tuve asistencia perfecta y todo gracias a que no podía perderme la oportunidad de ver a Ale todos los días. Si despertaba con gripa, no importaba, me metía a bañar y me iba a la escuela con todo y bigotito de mocos secos. Tuvimos una racha en la que pasábamos todos los recreos juntos. Caminábamos desde la cancha de soccer hasta el edificio de kínder y de regreso. Honestamente no recuerdo de qué tanto hablábamos pero al parecer la pasábamos muy bien. En una de esas caminatas, Ale y yo nos quedamos platicando y me contó que ella moría por ser diseñadora de modas; estaba obsesionada con la tela.  Cuando terminó de explicarme todas las reglas de la moda que mis bermudas estaban rompiendo, me preguntó lo que quería alcanzar en el futuro. No supe qué contestar. Tenía solamente 15 años, me la estaba pasando increíble con mis amigos, estaba viviendo el año de secundaria más divertido de mi vida, tocaba el bajo en un grupo de rock con mis mejores amigos y soñaba diario con la niña más bonita de toda la escuela; pensar en el futuro se me hacía una pérdida de tiempo.  Me quedé viéndola sin decir nada y, por primera vez, me perdí en sus ojos.  En ese momento entendí que, mientras ella estuviera en mi futuro, me daba igual si yo terminaba siendo carnicero o jardinero. Cuando dejé de verla como psicópata por 1 minuto sin decir nada, le acomodé la blusa que dejaba su hombro izquierdo al descubierto y tomé aire para confesarle que me gustaría tener un futuro con ella. No pude. La campana que anunciaba el final del recreo me interrumpió; sí, cómo de película. Alejandra me dijo que nos teníamos que ir y yo le pedí que nos quedáramos platicando otro rato. Me estaba costando mucho trabajo convencerla y el tiempo seguía pasando. Cuando vi que convencerla era prácticamente imposible me di cuenta que ese no era el momento más adecuado (mucho menos romántico) para declararle mi amor. Entonces tomé su mano y le dije “No sé qué tan lejos esté el futuro, lo que sí sé es que el edificio de secundaría está bastante lejos y quiero correr contigo a él.” Sonrió y corrimos tomados de la mano desde el edificio de kínder hasta nuestros salones. Nunca supe si entendió lo que en realidad quise decir cuando tomé su mano pero me gusta pensar que sí. Cuando llegué a mi salón me asomé por la ventana y vi que todos estaban platicando en sus lugares; no había rastro del profesor. Después de todo no iba a tener retardo por llegar 5 minutos después de que había sonado la campana.  Muy seguro de mí mismo abrí la puerta de golpe y gritando “Toda esa pinche corrida para que el huevón del profesor no haya venido”. Nadie se rió. El profesor estaba sentado en un pupitre que no se alcanzaba a ver desde la ventanita de la puerta por la que me asomé. Cuando lo vi supe que estaba en problemas. El profesor bajó la mirada a su lista de asistencia y, con la voz más tranquila del mundo, dijo “Bowers, tienes retardo”, después hizo una pausa de 5 segundos, subió la mirada, me vio a los ojos (igual que Cell a Goku  cada vez que lo iba a atacar sorpresivamente) y me dijo “Por cierto, baja por un reporte a la oficina porque a mí me da mucha HUEVA  ir por él”.  Y así me gané mi segundo reporte.

Dos meses después, lo único que pasaba por mi cabeza era la idea de confesarle mi amor a Alejandra. Me imaginaba en diferentes situaciones diciéndole que era el amor de mi vida. Ensayaba todas las noches en mi cabeza lo que iba a decirle. Se me ocurrieron varias formas creativas para pedirle ser mi novia, el problema era que nunca me atrevía a llevarlas a cabo.   Pasaron unos meses y yo seguía sin poder decirle nada, pero de todas formas me hacía feliz estar con ella. El 14 de febrero me regalo unos dulces con una nota que decía “TE QUIERO MUCHO. ME ENCANTA QUE ME HAGAS REIR. POR ESO VALES ORO’’.  Supe que era el momento indicado; tenía que confesarle mi amor a Alejandra ese mismo día.

Todos los viernes el Centro Comercial Interlomas se llenaba de estudiantes de todas las escuelas de la zona. Ese 14 de febrero estaba más lleno que nunca. Le pedí a mi mejor amiga (Mariana) que convenciera a Ale de ir. Mis amigos y yo llegamos desde temprano y nos pusimos a jugar en un local de maquinitas y juegos de destreza. Después de esperar una hora, vi a Mariana caminando hacia nosotros con Alejandra y otras dos de sus amigas.  Cuando Ale se acercó para saludarme, la abracé sin ganas de soltarla. Olía a shampoo de manzana. Inmediatamente me vino a la cabeza Apple Shampoo de Blink 182; era mi canción favorita; ahora tenía más importancia para mí. Mariana, Ale, sus dos amigas y yo estuvimos platicando un rato en las mesas del cine.  El celular de Alejandra sonó y se paró para contestar en un lugar con menos ruido. En cuanto Ale se fue, Mariana me jaló la oreja derecha y, como si fuera mi mamá, me empezó a regañar.  El regaño era justo. Ya habían pasado 3 horas y no había podido decirle nada a Alejandra. Estaba frustrado y confundido. Mariana me vio a los ojos y me dijo ‘’Lo tienes que hacer ya. No me importa si tienes miedo; mereces estar con ella. Claramente son el uno para el otro. No sé qué es lo que te detiene.” Mariana parecía tener razón, además la tarde se estaba acabando y Ale se tendría que ir en cualquier momento. Me paré para buscarla, había muchísima gente pero estaba decidido a encontrarla y decirle que no sabía qué tan lejos estaba el futuro pero que quería correr con ella hacia él. Le di una vuelta entera a todo el centro comercial hasta que la encontré. Le grité y ella me vio; ya no estaba hablando por teléfono. Esquivé un río de gente y llegué hasta ella, la abracé como si hubiera estad a punto de perderla y me le quedé viendo; la mirada de psicópata volvió. Alejandra me veía con una sonrisa que hacía que mi corazón aumentara de ritmo y que mi dicción se entorpeciera. Tomé un gran respiro y le dije ‘’Ale, tengo que decirte una cosa” y como si no me hubiera escuchado, me interrumpió diciendo “Era mi mamá. Está esperándome aquí afuera”.  Una vez más me iba a quedar con las ganas de decirle que estaba enamorado de ella. Fingí que no había dicho nada y le dije ‘’Vamos, te acompaño a tu coche”. Estaba lloviendo.

Ir a la escuela todos los días para ver a Alejandra seguía siendo mi prioridad. No quería pasar ni un día sin verla. Era miércoles y yo tenía clase de química con una maestra que juraba que potasio se decía POTEIS en inglés. Me gustaba la clase de química, aunque no era  nada parecida a como las pintan en los programas de televisión gringos. Ese día no encontraba mi bata, y sin ella no tenía acceso al laboratorio.  La busqué como loco. Seguro se la había prestado a alguien más durante la semana, pero no recordaba a quien. Vacié mi locker y no encontré nada. No me quería perder la clase; era de mis favoritas. Y justo antes de darme por vencido recordé a quién se la había prestado. La tenía un amigo que iba en el salón de Ale. Corrí al salón 131 y, sin importarme, entré interrumpiendo la clase demandándole a mi amigo que me regresara mi bata. La maestra, que era la más estricta de la escuela, me pidió que me saliera I-N-M-E-D-I-A-T-A-M-E-N-T-E de su salón. Miss Albita estaba a punto de aventarme el borrador, Alejandra me rogaba con la mirada que siguiera interrumpiendo la clase y yo estaba decidido a hacerlo. Entonces decidí hacer una estupidez de esas que siempre me dejan en ridículo o me meten en problemas. Caminé a la primera banca vacía que vi, me senté y le dije a la maestra: “Albita, no me corras. Es más, ya no quiero mi bata; prefiero quedarme en esta clase’’. El salón entero se quedó callado. La maestra me veía con ojos de odio. El silencio era perfecto. Ale no pudo aguantar la risa y explotó. Eso ocasionó la risa de todo el salón, que a su vez, hizo enojar más a Miss. Alba. La clase no podía parar de reír y yo sabía que me acababa de meter en un problema enorme. Albita, que medía alrededor de 1.40, gritó como nunca en su vida. A causa de la adrenalina y el miedo, estoy seguro que desarrollé una pequeña laguna mental porque sólo tengo vagos y borrosos recuerdos de lo que sucedió. Lo único que recuerdo es escuchar a Alba gritándome “FUERAAAAA” mientras se acercaba a mí con pasos idénticos a los de Mr. Tumnus, el fauno de Las Crónicas de Narnia. Después, todo es negro…  Cuando la laguna mental terminó, me di cuenta que estaba sentado en el sofá de la oficina recibiendo mi tercer reporte del año. Al parecer a Ale le causaba mucha risa toda esta situación; no dejaba de reír mientras recibía su primer reporte del año.

La acumulación de 3 reportes significaba que me había hecho acreedor a una suspensión.  En cuanto me notificaron que no podría presentarme a la escuela el día siguiente, debí haber saltado de alegría, pero no. La suspensión me iba a impedir ver a Ale por todo un día, y por si fuera poco, esta era mi primera suspensión y no me convenía que mis papás se enteraran pues estaban a punto de regalarme un bajo nuevo. Estuve pensando por horas en una solución a mis problemas, hasta que se me ocurrió una de las mejores ideas que he tenido en mi vida. Me paré del sofá y pedí hablar con el director de deportes, que sorpresivamente ha sido el mejor profesor de matemáticas que he tenido en mi vida.  Entré a su oficina y le dije que me acababan de suspender, pero que la verdad prefería venir a la escuela y ser su esclavo por todo un día. Al director le agradó bastante la idea y solicitó que me pusieran bajo su cargo durante mi día de suspensión. El viernes desde las 8 de la mañana me presenté en la oficina de deportes y el director me recibió con una bolsa de basura gigante y un palo de escoba que tenía punta de acero. Así es, mi primera misión era recoger toda la basura de la cancha de futbol y de la pista de carreras que la rodeaba. Estuve recogiendo basura por las siguientes 2 horas, no porque fuera un trabajo difícil, sino porque Ale se salía cada 20 minutos de clase para ir a platicar conmigo. El resto del día no fue tan bueno como me hubiera gustado, ya que no me dieron recreo y tuve que comerme mi sándwich en la oficina de deportes, sin la posibilidad de platicar con Ale.  Después del peor recreo de mi vida, me mandaron al patio de primaria como ayudante de educación física, donde desde la 1:00 de la tarde hasta la hora de la salida, mi trabajo, vulgarmente, consistió en recoger bolas…

Después de un día largo y cansado, al fin era libre. Sobreviví a mi día de esclavitud y nadie en mi casa se enteró de mi suspensión.  Todo había salido bien, el único problema era que el año escolar estaba llegando a su fin y entre Alejandra y yo aún no había progreso.

Era mayo y por mi ventana se filtraban pequeñas gotas de lluvia y un fuerte olor a tierra mojada mientras yo hacía mi maleta para el campamento al que nos iba a llevar la escuela por habernos portado relativamente bien. Era domingo, el viaje era al día siguiente y duraba hasta el viernes. Esa noche casi no dormí, me quedé pensando en lo divertido que iba a estar el campamento y en los 5 días y las 4 noches que iba a pasar con Alejandra. Al día siguiente estábamos todos listos para irnos pero uno de los camiones aún no llegaba a la escuela y ya eran las 10:00 de la mañana. Perdimos otras dos horas hasta que llegó el camión y al fin nos pudimos ir. Al grupo de Alejandra le tocó en el mismo camión que al mío, el único problema era que Miss. Poteis no quiso que me sentara con mis amigos en la parte de atrás del camión y me obligó a sentarme con ella en los asientos de hasta adelante. Todo el camino tuve que ir escuchando las anécdotas de Miss. Poteis y su novio, me contó cómo se habían conocido y después me enseñó las 500 fotos de su novio que llevaba en la cartera. La Ciudad de México es hermosa, pero su problema de tránsito es una pesadilla, y ese día el camión hizo dos horas  de Santa Fe a la salida a Cuernavaca. Esas dos horas fueron eternas, pero estoy seguro que a Miss. Poteis le faltaron horas para seguir contándome cómo era la vida con su novio.

Después de la tortura hicimos nuestra primera parada en Las Grutas de Cacahuamilpa, el camión estaba teniendo problemas para estacionarse y yo estaba a punto de salirme saltando por la ventana para al fin liberarme de la potasio; me urgía bajarme. Cuando logré bajar del camión me reuní con mis amigos y nos compramos unas paletas heladas porque el calor estaba derritiéndonos  a todos; los maestros se derretían como la bruja mala de El Mago De Oz. El recorrido por las grutas duró media hora, y después regresamos al camión para seguir con nuestro camino; esta vez me aseguré de no irme sentado con Miss. Poteis. Cuando llegamos a la hacienda en la que nos hospedamos, nos bajamos del camión y, como era de esperarse, los profesores nos hicieron saber que los niños no podíamos dormir en el cuarto de las niñas ni ellas en el nuestro. Nuestro cuarto era enorme y lo único que tenía era alrededor de veinte literas.  Pasé demasiado tiempo con Alejandra en ese viaje y aprendí mucho de ella. Todas las actividades que el campamento ofrecía las realizábamos juntos; escalamos, hicimos tiro al blanco, nadamos, moldeamos figuras de barro y jugábamos volibol. Todos los días, después de la hora de la comida, nos sentábamos en el pasto de la hacienda a platicar hasta que empezara a oscurecer.  La semana se me pasó demasiado rápido, y cuando desperté ya era jueves por la mañana. Cuando me bajé de la litera mis amigos Paul y Alan se despertaron también. La emoción en la cara de Paul no era casualidad, la noche anterior decidimos jugarle una broma a dos compañeros que se habían quedado dormidos y les embarramos pasta de dientes en la cara. Logramos llevar la broma a cabo sin que las víctimas se despertaran y, cuando terminamos, nos fuimos a dormir con la emoción de ver sus reacciones al despertar. Alan empezó a hacer ruido con el propósito de despertarlos, cuando lo logró las victimas sufrían con el ardor que les provocaba la pasta seca. Después de una buena dosis de risas patrocinadas por Colgate, se nos informó en el desayuno que, por ser la última noche en la hacienda, habría una fiesta, algo así como un prom. Mi pareja para la fiesta tenía que ser Alejandra pues esa noche era la excusa perfecta para confesarle mi amor. Eran las 3:00 de la tarde y todos mis amigos ya tenían pareja para la fiesta, solo faltaba yo. Cuando dieron las 5:00 fui a buscar a Ale, decidido a pedirle que fuera mi pareja, la encontré en el cuarto de las niñas alaciándose el cabello; se veía tan guapa que no supe qué decir. Me le quedé viendo en el reflejo del espejo mientras ella me sonreía. Estuve a punto de salir corriendo pero ya estaba harto de correr solo, así que le sonreí de regreso y le pedí que fuera mi pareja para la fiesta; dijo que sí.

Llegando a la fiesta (tun, tun) te veo besándote con otro, ¡qué poca ma…! hahaha, no es cierto. Llegando a la fiesta nos pusimos a bailar y me di cuenta que no tenía idea de cómo se hacía; pisé a Ale en más de dos ocasiones escudándome en la excusa de que los músicos no bailamos. La fiesta era diversión que parecía no terminar, no quería que la música parara. Cuando dieron las 2 de la mañana quedábamos pocas parejas sentadas alrededor de una fogata. Ale estaba sentada junto a mí viendo directo a la fogata, yo la veía y después volteaba al cielo para comprobar que era más bella que todas las estrellas que tapizaban el cielo esa madrugada. Ese era el momento, estaba listo para decirle a Alejandra todo lo que sentía por ella. En mi cabeza explotaban recuerdos, mi corazón latía más rápido que nunca y mi lengua estaba esperando, atenta, la orden de mi cerebro para atacar. Alejandra volteó a verme, como si supiera mis planes, y antes de que pudiera decirle algo, se me adelantó. Me dijo que no le había dicho a nadie lo que estaba a punto de decirme y se le llenaron los ojos de lágrimas. El secreto de Alejandra era que muy probablemente tendría que irse a vivir a España. La noticia me dejó en shock. Ale no dejaba de mirarme y el miocardio comenzaba a reducir su velocidad. Lo único que le pude decir fue “No te preocupes, eso nunca va a pasar”. Eso fue todo. Decidí que ya no tenía sentido confesarle mi amor, sentí que no era justo pues en menos de dos meses se tendría que ir del país. Estuvimos una hora más viendo cómo se consumía la fogata, Ale recargó su cabeza en mi hombro y mi mundo se vino abajo en ese instante.  Escuchaba el estallido de mi corazón en cámara lenta mientras ella se quedaba dormida y yo me resignaba a callar mis sentimientos para siempre.

Al día siguiente, el camino de regreso a la ciudad fue gris. Intenté divertirme pero el recuerdo de la noche anterior siempre llegaba en el momento más inoportuno para recordarme que el destino era una broma de muy mal gusto. Cuando llegamos al colegio la mamá de Alejandra ya estaba ahí, nos despedimos y me quedé esperando a  que llegara la mía. Cuando mi madre llegó, metí mi maleta a la cajuela del coche, me senté en el lugar del copiloto y me puse el cinturón de seguridad. Mi mamá pisó el acelerador y el colegio cada vez se hacía más chico en el reflejo del retrovisor. Después de tres cuadras me enteré de que yo tampoco iba a regresar al colegio el próximo año; nos mudábamos a Puerto Vallarta.  He aquí el clímax de la historia, el momento en el que se rompen corazones. Ese fin de semana el cielo se vino abajo y por mi ventana se filtraban gotas de lluvia y un fuerte olor a tierra mojada; estaba desempacando mi maleta. El lunes Ale llegó temprano y con una sonrisa enorme me contó que ya no tenía que irse a España. Me puse muy feliz por ella pero las cosas no cambiaban, yo sí me tenía que ir cuando terminara el mes que quedaba del año escolar. Le conté a Ale que me iba a ir a vivir a Puerto Vallarta y al principio lo tomó como una broma de mal gusto, pero cuando vio que yo no me reía me abrazó y no me soltó hasta que sonó la campana. El último mes de clases fue difícil. Estar con Alejandra sabiendo exactamente cuántos días  me quedaban con ella era una dulce pesadilla. El último día de clases Ale no aguantó y empezó a llorar mientras me decía que me iba a extrañar como a nadie. Una de sus amigas le dijo que se secara los ojos y que mejor sonriera para que nos tomara una foto.  Después del flash, yo ya estaba en la playa.

Estuve lejos de ella por tres años y la extrañe como loco. Todos los días me conectaba a MSN para chatear con ella. Cada vez que la extrañaba agarraba mi guitarra y veía la foto que se encontraba sobre un buró en el rincón de mi cuarto y me acordaba de todas las cosas que ella me contaba en los recreos. Esa era mi manera de recordarla.

Poco a poco fuimos perdiendo contacto, y cuando terminé la prepa regresé a vivir a la Ciudad de México y formé una banda nueva con mi amigo Paul. Una tarde, después de ensayar, fuimos a comer a McDonald’s. Estaba tomando de mi refresco cuando mis ojos se clavaron automáticamente en la entrada del establecimiento.  Una chica guapísima acababa de entrar, y con cada paso que daba hacia que mi corazón, por alguna extraña razón, palpitara más rápido de lo normal. Cuando se acercó más nos reconocimos mutuamente y ella se acercó a saludarme. Ale estaba más guapa que nunca, desafortunadamente ninguno de los dos éramos los mismos niños que se habían tomado esa foto hace tres años.  Después de ese encuentro, no la volví a ver.

Hoy es 26 de agosto de 2012, hace unos meses me enteré de que Ale se acababa de comprometer con su novio y es así como termino escribiendo esto mientras veo  todas las fotos  de su facebook  con la canción Wedding Dress de Matt Nathanson tocando de fondo; qué triste combinación. Ale se ve muy feliz en todas sus fotos y sé que está enamorada de su novio. Me siento muy contento por ella y sé que nunca la voy a olvidar.

Por cierto, Ale nunca estudió diseño de modas pero aún conserva esa sonrisa que es capaz de derretir a cualquiera.

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