#CSSEE Capítulo I : Un Año Sin Ti

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Es cierto que nunca he sido bueno para abrir los lockers que en mi vida de estudiante me han asignado las diferentes escuelas por las que he pasado, pero ese 14 de febrero me tardé más de lo normal. Si no me hubiera tardado tanto hubiera bajado al patio a comer mi lunch como todos los días y no estaría en un salón repleto de alumnos de primero de secundaria cantando una canción que decía –no hay nada más difícil que vivir sin ti.  Así es, apenas es el primer capítulo y ya estoy  haciendo el ridículo frente a más de 30 pubertos. Pero para poder entender mejor esta historia, debemos regresar en el tiempo…

Era el año 2001 y cursaba 3ero de secundaria; el ciclo escolar más divertido que viví en toda mi etapa escolar.  En ese año ya estás en edad para enamorarte y no ser tomado como un chiste ante los ojos de la sociedad ‘’madura’’. Yo tenía 15 años y estaba perdidamente enamorado de una niña dos años menor que yo. Ella tenía el cabello oscuro y la sonrisa más cautivadora que había visto hasta ese entonces. Sus ojos color marrón eran grandes y brillaban más que la cadenita que le regaló Carmen al cantante de La Sonora Dinamita; sí, esa que después perdió. Tenía dos hermanos, un lunar al lado de la nariz  y el poder de hacerme actuar de manera estúpida cada vez que me percataba de su presencia.

Todas las noches me conectaba a MSN con la esperanza de que ella también lo hiciera y así poder platicar. Son numerosas las peleas que sostuve con mi hermano para que me dejara usar la computadora; el estudio se convertía en un ring de lucha libre cada vez que le exigía que se quitara. No soy fan de la AAA pero aún me veo volando como Octagón desde la tercera cuerda para acabar con el reinado del Cibernético. Una vez que lograba apoderarme del internet, me quedaba sentado viendo la pantalla como estúpido esperando a que ella se conectara, y cuando lo hacía platicábamos de todo. Pasábamos horas platicando como si fuéramos grandes amigos; lo chistoso es que son contadas las veces que cruzamos palabra en persona. Era oficial, estaba enamorado de ella; tan enamorado que no me atrevía a dirigirle la palabra en la escuela por más que ella me lo pidiera en nuestras pláticas virtuales. Se llamaba Cecilia, y estoy casi seguro que se sigue llamando así.

Cecilia, como cualquier otra niña de 13 años, tenía una mejor amiga a la que parecía estar pegada. Las dos comían juntas a la hora del recreo, se sentaban juntas en todas las clases y estoy seguro que iban al baño juntas. En fin, eran como un monstruo de dos cabezas. Decidí hacerme íntimo de la mejor amiga para lograr un solo objetivo: Saber toda la biografía de la chica que no me dejaba dormir desde que la vi por primera vez. Y así fue como la mejor amiga de Cecilia se convirtió en mi primer Wikipedia del amor. Además de todo, prometió hablarle bien de mí.

Y regresando a ese 14 de febrero, lo que pasó fue que mis amigos pensaron que sería divertido darme una “ayudadita”, y como era costumbre en esa escuela, cada 14 de febrero los alumnos de 6to de prepa se rentaban para llevar serenata con sus guitarras de salón en salón. Mis amigos sabían perfectamente sobre mi obsesión con Cecilia y la pena que me daba acercármele en persona, así que no iban a dejar pasar esta oportunidad y decidieron juntar el dinero que traían para pagar una serenata. No sé (y creo que nunca sabré) cuándo se pusieron de acuerdo ni en qué momento pagaron la serenata; todo fue muy rápido. En cuanto cerré mi locker, un segundo después, ya estaba afuera del salón 201, respaldado por dos guitarristas que me preguntaban qué canción quería cantarle a ‘’la afortunada’’. En cuanto me hicieron la pregunta me di cuenta que estaba a punto de hacer el peor ridículo de mi vida. Lo único que pasaba por mi cabeza era un auto regaño psicológico. Es importante recalcar que en ese entonces yo iba en 3ero de secundaria y en mi vida había cantado enfrente de alguien, mucho menos de una chica. Hoy ya tengo algo de experiencia en eso de cantar en público, de hecho es algo que disfruto demasiado, pero en ese entonces estaba temblando y empezaba a sudar frío. Los nervios no me dejaron pensar en una buena canción para dedicar y como los guitarristas tenían prisa decidieron entrar al salón, interrumpir la clase y tocar lo que se les pegó la gana.

Tengo tan mala suerte que nadie del salón de Cecilia había faltado ese día a clases, así que había casa llena y yo era el centro de atención. Parado frente a todos, comencé a balbucear lo poco que me sabía de la canción. La canción era Si No Te Hubieras Ido de Marco Antonio Solís, y como solo me sabía el coro, durante todos los versos lo único que podía hacer era verla fijamente a los ojos y sonreír torpemente rogándole con la mirada que no me odiara por hacerla pasar ese momento tan incómodo.

Terminó la canción, el salón entero me aplaudió como si acabaran de ver el mejor concierto de sus vidas y cuando todo se convirtió en el silencio más incómodo de mi vida, ella me dio las gracias y salí de ese salón con la mente en blanco. Nunca me habían sudado tanto las manos, y creo que después de ese día tuve que cambiar a un desodorante más potente.

¿Sirvió de algo la serenata? Claro que sí, sirvió para asegurarme de esconderme muy bien cada vez que tuviera cerca a Cecilia. Los días de actuar como tarado para llamar su atención se habían desvanecido. Ahora todo era diferente. Nuestras pláticas en MSN disminuyeron igual que el valor de la moneda mexicana después de la devaluación de 1994. En una de las últimas pláticas que tuvimos, le pedí perdón por hacerle pasar ese incómodo momento; ella se limitó a decir ‘’No te preocupes, me puse muy nerviosa y no supe cómo reaccionar; pero gracias’’.

Meses después de la serenata fallida, la maestra de español tuvo la magnífica idea de llevar a toda la secundaria y prepa al teatro. El grupo de Cecilia y el mío compartieron camión y ya se podrán imaginar lo sudado que dejé el asiento después de 45 minutos de tenerla cerca y no poder salir corriendo. Justo antes de empezar la obra, mi amigo Luis se dio cuenta que a una fila de nosotros estaba sentada Cecilia; de un lado tenía a su mejor amiga y del otro un asiento vacío. Luis tenía un poder de convencimiento único y yo ya no tenía nada que perder, así qué, cuando me retó a cambiarme de lugar para sentarme junto a ella, lo hice sin pensarlo dos veces. Me salté a la fila de adelante como si fuera una carrera de obstáculos y aterricé en el lugar vacío con la determinación de poner mi brazo alrededor de Cecilia una vez que se apagaran las luces y comenzara la obra. Mi plan se vio interrumpido por un aplauso masivo. Las luces seguían prendidas y el telón permanecía abajo, entonces me di cuenta que los aplausos no eran para el espectáculo; eran para mí. Si bien no me bastó hacer el ridículo frente al salón de Cecilia, ahora lo estaba haciendo a nivel campus. Los aplausos no paraban, Cecilia se moría de pena, su mejor amiga no podía ocultar la risa y yo me sentía como el payaso más aplaudido del rodeo. La obra comenzó y los aplausos tuvieron que parar. Durante la hora y media que los actores se apoderaron del escenario, no pude ni voltear a ver a la chica de mis sueños; los aplausos habían arruinado mis planes; me sentía observado por toda la escuela, como si esperaran atentos a que hiciera mi mejor movida para conquistar a Cecilia, pero eso jamás sucedió. La obra terminó y agregué un ridículo más a mi currículo amoroso. Estaba convencido que mi historia de amor no iba a llegar; por lo menos no pronto.

Después de ese año escolar ella se fue a estudiar a Estados Unidos y perdí el poco contacto que tenía con ella. A un año de extrañarla le compuse una canción que decía La vida puso un muro entre nosotros, eso jamás debió pasar y aquí yo sigo esperando tu arribar.

Dos años después, gracias a las maravillas del internet, logré tener una conversación con ella que aún no olvido:

–          Hola, ¡qué milagro!

–          ¡Ya sé! ¿Qué me cuentas?

–          Pues no mucho. El frio está cañón.  ¿Tú qué onda?  ¿Eres el de la foto?

–          Sí. Ya crecí.

–          Ha, ha. Wow, te ves muy bien.

–          Gracias, supongo que los años me pegan bien.

–          Enserio que te ves súper bien. Qué gusto volver a hablar contigo

Y después de unos 20 minutos de ponernos al corriente ella se despide de mí y yo no vuelvo a hablar con ella. Hoy no estoy seguro cuánto tiempo más pasará antes de que nuestros caminos se vuelvan a cruzar, pero no tengo prisa. Además,  vivir sin ella no es tan difícil después de todo.

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